15.5.12

La 208


                                                                                                                               
                                                                                                                                                        Siempre me he preguntado cómo sería llegar acompañada, tocar el timbre y atravesar el umbral. Aparecería alguien vestida como yo, caminando muy lento, casi deslizándose por los pasillos, todos alfombrados de rojo. Después del saludo oficial nos ofrecería alguna habitación. Yo siempre pienso que elegiría la 208, porque es la más bonita. Tiene las paredes pintadas de amarillo claro y los tapices y el cortinaje son del mismo color. Hay un silloncito en la entrada muy elegante, con patas torcidas de león y la madera es suave, color tabaco. A veces me siento ahí, cuando los pasajeros se han retirado. Me inclino hacia atrás y observo lo que ha quedado de la pieza, siempre con una sensación de pesar, como si hubieran desarmado una cosa muy bella. Las sábanas normalmente están regadas por el piso porque la gente las desordena revisando si ha olvidado algo.  Los vasos están a medio beber o volcados sobre la bandejita en el velador. El cenicero casi siempre tiene dos o más colillas y hay ceniza desparramada incluso sobre la cama. Me pregunto si no les dará miedo tener un cigarrillo encendido cerca del cuerpo desnudo.
Camino hasta los espejos y veo todo desde esa perspectiva, como si estuviera del otro lado y los viera actuar. La forma en que sus cuerpos  se mueven al mismo ritmo, cómo sus manos se pierden, se buscan en el otro, los sonidos que emiten, los quejidos que se ahogan, así estuvieran sumergidos en una piscina y yo desde arriba, desde la superficie, los observara desde lejos, admirándolos.
Pueden pasar largos minutos y si no me llaman de alguna otra habitación puede ser una hora o más. Todas las imágenes han quedado grabadas en los espejos, y es igual que estar en un cine para mi sola. Cierro los ojos y me dejo llevar por un agua que siento emerger al final de mis caderas, un oleaje tibio al que no me puedo resistir.
A  veces  me paseo por fuera de las habitaciones. Recorro los pasillos con mis zapatillas  blancas  sin hacer un  solo ruido. Me gusta oír las voces y los sonidos que salen de las piezas. Casi  siempre son quejidos  masculinos  los que me  hacen quedar por ahí,  dando vueltas.   Entonces  arreglo  los cuadros que  cuelgan de las paredes y riego las plantitas que están en las jardineras. Hay voces suaves, quejidos pequeños y cortos, profundos que se meten debajo del uniforme y hacen cosquillas en las nalgas, erizándome hasta los hombros. Hay otros que intimidan y el corazón se acelera por el temor que provocan, pero también es agradable escucharlos.
Me quedo cerca y aprieto las piernas en un movimiento constante, repetitivo, como si hiciera algún ejercicio de gimnasia. El espacio comienza a abrirse y me siento deslizar a través de los muros, caigo dentro de las piernas de un hombre, me empapan su humedad cálida y asfixiante, mi respiración se entrecorta y mojo mis labios para enseguida abrirlos y besar el extremo de su sexo, el hombre se queja con fuerza y acaricia mi pelo, rodea mi cuello con sus grandes manos y murmura cosas terribles y dulces, más tarde, en un movimiento brusco me toma de las axilas y me sienta sobre él . Yo abro los ojos y abrazo la pared fría, corro al baño y me toco, me toco hasta quedar exhausta y después lloro, sola, como colgando desde un precipicio y me digo que no  volveré a hacerlo jamás.
Es cierto que casi siempre me siento un poco triste, luego de preparar la 208. No sé si ellos apreciarán el modo en que el borde de las sábanas está doblado, la delicada rectitud de las almohadas, el perfecto doblez de las toallas en el baño, el triangulo ordenadito del papel higiénico. Las flores plásticas que adornan el techo sobre la cama las ordené yo, flor por flor,  imitando un jardín en primavera. Cuando no estoy de turno, siempre me quedo pensando, mientras me preparo algo de comer y la señora Magaly toca la puerta y saluda preguntando si necesito algo del almacén de la esquina,  yo pienso con la cabeza en muchas partes quiénes habrán entrado a la 208 ese día, si serían jóvenes o personas mayores,  si ella se tapa la cara avergonzada, si se besan por los pasillos antes de llegar mientras  los van guiando hasta la habitación.                                                                                                                                       
La  tetera  hierve y a mi a se me caen las lágrimas de  pensar en que es tan probable que  yo nunca  vaya detrás de una mucama,  pisándole los talones, apresurada por llegar a  la puerta para entrar con  apuro,   pero deteniéndose ,  porque hay que intercambiar algunas sílabas con   la  recepcionista,
decidir el trago que se va a tomar y pagar  por  adelantado, tal vez sentarme en  la  orilla  de la cama  o en el silloncito de la entrada de patas de león esperando a que él busque su billetera y de reojo  me sonría como tantas veces ellos les sonríen a ellas, que están ahí ansiosas y  los pies se  les mueven del nervio que se les viene encima, porque ellos se acerquen y las abracen, les quiten el pelo de la cara con un movimiento tierno y sutil,  toquen sus labios con los dedos y las besen en la boca, sintiendo su lengua nadar entre sus dientes, buscándolas, de la misma forma que lo hacían desde antes de llegar, desde cuando las llamaron por teléfono o les hicieron una seña en el trabajo y ellas comprendieron de qué se trataba en un instante,  que a esa hora se reunirían en la casa pintada  de azul, donde en el interior aparecería una mujer vestida entera de blanco que los observaría de reojo y casi siempre tiene cara de pena la pobre,  se mueve igual que un gatito asustado sin saber bien dónde dejar las manos que juegan con el delantal algo nerviosa, y parece que está a punto de llorar, como si tuviera tanta tristeza por algo, y quién sabe qué le pasa,  quién sabe.

Cuento ganador primer lugar concurso Mi vida y mi trabajo 2008


3 Comments:

Blogger Elena said...

Wow! fantástico tu relato...


Creo que es como mirar a través de un espejo, más que por una ventana o de una cerradura...

Saludos,

Otra vez ))) ¡¡¡que rico que vuelvas"!!!

19/6/12 16:41  
Blogger mario said...

leer lo que otro ha escrito, sobre todo si lo ha escrito, en primera persona singular, desde el yo, lo hace a uno, el que lee un polizón autorizado, pero que el escritor no sabe que está ahí y al espiarte en este relato, vaya que el precio pagado es alto, pues ya mi propio espejo se vuelve sospechoso, el pasillo, la puerta, es necesario revisarla por que todas las puertas del mundo tienen, aunque no se les lea, grabada la secuencia de númeron 2,0 y 8....saludos, volví

1/11/12 15:27  
Blogger j. said...

pasaba a saludar y con gusto me encuentro merecidos laureles... años que no andaba por estas calles, y siempre son tan conmovedoras y siempre me gusta el barrio, y afortunadamente, siempre se como llegar. un abrazo

11/12/12 06:36  

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