17.4.07

Terminal

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Hace rato que la señora X salió de su casa. A la señora X le encanta comprar flores en el terminal de la panamericana norte. En realidad, lo que a ella le gusta es dar vueltas por los puestos y admirar las flores amontonadas. Ella piensa que sería muy lindo tener un jarrón enorme lleno de flores en la entrada de la casa. Pero la casa de la señora X es una pieza, una mediagua comprada en el Hogar de Cristo. Todavía no tiene vidrios, sólo unos postigos de madera, y al cerrarlos, la dejan en completa oscuridad. Cuando se acuesta en su pequeña cama, cierra los ojos y descuelga los brazos sobre la cabeza, como si todo ya no estuviera lo suficientemente negro. Tal vez, la señora X lo hace para no ver siquiera las sombras que amenazan bailar en la pared. Tal vez lo hace para contener el llanto o no permitir a sus pensamientos salir convertidos en palabras o susurros, los que permanecerían flotando en el aire sin ser escuchados por alguien más. “Alguien más” es una abstracción que a la señora X ya no le preocupa. La soledad es una estructura en donde ella se ha acostumbrado a organizar su diario vivir, incluso por las noches. La señora X suele persignarse antes de dormir, aunque dice no profesar ninguna religión. Ella siente que debe creer en algo, si no, ya se hubiera vuelto loca. A veces entra a las iglesias en la hora de la misa, sólo para escuchar al sacerdote decir: “una palabra tuya, bastará para sanarme”, porque le parece una frase potente, más poderosa que el latir de su propio corazón, que en la quietud de su hogar escucha a ratos escondida bajo la almohada. Ella supone adolece de un mal terrible, y piensa que, indefectiblemente, no tiene remedio, que va morirse con la enfermad y quizá, a causa de ella. Se imagina sobre la cama, los brazos a los costados, tocando el suelo, una mueca extraña y dolorosa que hará parpadear a los primeros en encontrarla. Por eso no es raro ver a la señora X deambular por el terminal de flores, caminando largas cuadras, gastándose lo poco que lleva en los bolsillos, como si en ese gesto comprara una pizca de felicidad, y esa pizca le bastara.

5 Comments:

Blogger Azófar said...

Hermoso y terrible, me ha dejado sin aliento. Salud

18/4/07 06:48  
Blogger Gregorio Verdugo González-Serna said...

Creo que todos nos hemos imaginado alguna vez el aspecto que tendremos una vez muertos. Como dijo García Márquez, cuando seas cadáver procura presentar un buen aspecto.
Un saludo.

19/4/07 03:02  
Blogger Frank said...

así es no más
la soledad mata como balas derechito al corazón.
tenemos una necesidad diaria de aliementos, agua y contacto

bellamente escrito en tercera persona pues la señora x puede ser cualquiera ... el conde drácula, que busca a su amada por siglos o la eleanor rigby que es velada en liverpool

un mundo lleno de señoras y señores x

19/4/07 11:22  
Blogger Alvaro Magaña Tabilo said...

O la soledad o la pobreza, posiblemente sean problemas de acceso. El perro destino de no arraigar y buscar desaforadamente una comunión imposible con lo divino o lo bello y no poder nunca alcanzarlo me suenan a problema sin solución. La señora X quizás necesita lo mismo que nosotros sumergidos en nuestras miserias secretas, esas que se visten de marcas y de percepciones educadas, de gym y de movies y blablablabla, anda a saber si es posible acceder a la módica ilusión de esa ilusión llamada X o se llama C o se llama A...

19/4/07 12:40  
Blogger javisanfeliu said...

Pobrecita

¿tiene el teléfono?

20/4/07 14:05  

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