
El agua en la tetera hierve y el vapor ha cubierto todos los cristales. Pienso que ha de ser una buena forma de ocultarme, justo hoy, he decidido estar fuera de este mundo y los otros. Sin embargo, presa de la contradicción, abro la puerta y salgo. Los árboles han botado todas sus hojas . No he querido barrerlas, ahí están, atrapadas, cautivas en ese trabajo microscópico del nada se pierde todo se transforma. “Es curioso, pero ayer he soñado con la descomposición”, le comento a la única vecina a la que hablo, una mujer de 80 a quien suelo visitar porque vive sola, como yo. “Este es el Nico....hace tiempo que no viene”, dice, mostrando una foto perdida en un mar de rostros y escenas familiares, decorando una pared entera. Podría pasar semanas observándolas, incluyendo en el afán, la intriga que me producen los distintos marcos en que se sostienen. A ratos me parece estar dentro de un marco de foto, de pronto alguien viene y me cambia de un lado a otro y la mayoría de las veces termino en el mismo lugar. “Ah.., que pena”, respondo. “Y esa soy yo”, dice luego, “en la plaza de Vallenar... ¿conoces Vallenar mi linda?”, pregunta, con los ojos encendidos igual que lamparitas, y yo logro percibir un millar de súplicas: que por favor conteste sí, que de verdad conozco Vallenar, que además tuve una historia, un amor, que a lo mejor hasta ahora piensa en mi y le cuenta a sus hijos, los que tuvo con otra, claro, que una vez se enamoró de una mujer que no parecía de este mundo. Se me hace un nudo porque no, nunca estuve allí. Entonces voy a su cocina por un vaso de agua. “¿Me alcanzas esa cajita?...esto es para la memoria... a veces me gustaría no recordar, ¿sabes?, sufro mucho cuando llegan imágenes “aquí” y no hay forma de tomarlas...” y apunta su poco glamoroso peinado, hecho a tientas seguramente, en medio de una soledad que la conduce en cada instante a un agujero en el espacio. “Quién sabe, sería mejor no enterarse de nada”, contesto, y me quedo con la mano extendida como para hacerle un cariño en la cabeza pero ella da la vuelta, dirigiéndose con esa lentitud que la envuelve en todo, menos su tristeza que me conmueve tanto. Me pasa la pastilla y sonríe como diciendo: “ya todo se ha olvidado y soy una extraña, aún para mi”. Regreso a la cocina con el vaso y observo los vidrios, completamente empañados. No hay indicios de agua hervida, es sólo el calor que brota de la casa el que ha puesto esa cortina, separándonos otra vez del mundo externo. No resisto la tentación de hacer un dibujo con el dedo, romper ese extraño encantamiento y estampo una estrella infantil que parece iluminar de alguna forma nuestro encierro. La anciana y yo permanecemos adentro, un adentro que se nos pega al hueso. Por momentos me parece ser su sombra, cuando ella olvida que estoy aquí. Habla sola, dice algunos nombres, hace un murmullo que me transporta a un lugar que me es absolutamente conocido y a la vez distante. Luego, vuelve de ese paseo interior y me pregunta la hora. “Siempre es temprano”, dice, “ ya quiero que sea tarde, muy tarde”. Me despido de ella y antes de salir, la miro por última vez y siento ganas de abrazarla, egoístamente, agarrar toda esa existencia, sumergirme y no hacer nada más, quedarme flotando inerte, ser la pastilla que se deshace en el lavaplatos, descomponerme en la tibieza de un anhelo entrañable. Pienso que más tarde volveré para decirle que el Nico va a venir pronto, que linda se ve en la plaza de Vallenar, contarle de ese amor inventado. Cierro la puerta y este mundo se abre sólo para verlo desde lejos, no dejándome pasar, como si hubiera decidido que mi lugar era siempre ese, al otro lado del vidrio empañado.